Indalecio Güi, padre putativo, tío y padrino de Melitón, fue empresario teatral, que ya es mucho decir, allá por los espesos y contradictorios años cincuenta y parte de los sesenta. Creo que eso lo sabes de sobras. No tengas dudas acerca de esto que te digo. Sus trabajos de chupatintas, camarero, maître, batería de conjunto y después de mandamás, le llevaron a arruinarse tres veces y a desarrollar aquella febril admiración por las coristas primero, después por las vedettes, hasta llegar a todo tipo de personal que rondara por los escenarios de nuestro querido Paralelo. Sastras y señoras de la limpieza no me dejarán mentir.
Bueno, a lo que iba. Melitón fue una víctima más de su padrino, como antes lo fueran tantos y tantas. Es cierto que mantuvimos algunos escarceos de alcoba a espaldas del pobre Melitón, pero es que no paraba, eso también lo sabes, Roser, y si te digo la verdad, me caló bien hondo el sinvergüenza. Tuve hasta celos, dudaba de todas, arrastré a más de una por los pelos, y hubo un momento que hasta creí oler en el cuello semental de Indalecio tu agrio olor de nata y cruasán de lechería. Pero había tantas.
El pobre Melitón anduvo al margen de aquellas correrías y no creo que en ningún momento llegara ni a sospecharlo. Su padrino era mejor amante, y a pesar de no estar muy dotado sexualmente, era un chino en las cuestiones aquellas que no tienen enmienda. Figúrate, al margen de ser un golfo y un delincuente, eso también.
Un día nos pilló en su despacho Romero el de la lotería y al poco le encontraron atado a un árbol en la Rabassada, con los pantalones por los tobillos y con esa parte que te imaginas hecha una pena. Estuvo dos meses boca abajo en la clínica de la Esperanza, no te digo más.
Resulta que por entonces a Melitón se le declaro lo de las almorranas, creo que no tenía nada que ver, pero eso me llevó a conocer a otros hombres, al margen del Inda, claro, tipos de baja estofa la mayoría, hasta un militar y también algún que otro buen hombre.
Entre ellos te debería mencionar a un bailarín de revista de nombre Eleuterio, como mi pobre primer novio, o eso se creía él, Eleuterio de apelativo artístico Lutis.
Quién no lo hubiera conocido en profundidad, hubiera dicho que era un mariquita, pero aunque lo juraban entre bambalinas los tramoyistas más castizos, no lo era, marica, digo. Delicado sí, eso te lo puedo jurar, pero se perdía por unas medias lo que nadie sabe, al margen de que se las acabara, o no, poniendo él mismo después de quitárselas a su legítima propietaria. Juegos amorosos que decía.
Regordete y mariposón, sobre todo de maneras, se me enamoró y me anduvo escribiendo poemas y todo. Incluso intentó llevarme al huerto con aquello de que había sido abducido. Cosas de entonces, ya sabes. A este le encontraron debajo de un carromato de circo en Palencia el mismo día en que el Barcelona ganaba la copa del Generalísimo, el año después de las inundaciones, tieso como un palo, muerto, se entiende, con la letra de aquel tema de Machín: El Bardo, apretada entre los dedos en papel de calca, y con un tiro en la cabeza.
Me dijo Pacho, ya sabes como es para estas cosas, que se lo llevaron en un furgón de color naranja, ¿Te lo puedes creer? Unos tipos muy altos y muy raros, según él, y no le pudieron enterrar porque desapareció.
Al día siguiente encontraron a Indalecio colgado en el telar del Bataclán. No tuvo nada que ver, creo, pero qué cosas. Por eso me pegué a mi marido Melitón y acabé por acompañarle a todas horas en la clínica y curarle como pude las almorranas.
Pero qué te voy a contar que tú no sepas.
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