En varias ocasiones me había
hablado de ella un buen amigo que fue marino y estaba acostumbrado a este tipo
de cosas. Al parecer, la encontraba casi siempre que volvía a
puerto, aunque según la cantidad de ginebra que llegaba a beber, afirmaba haberla
visto también en lugares tan dispares como Tánger, Kingston o Ciudad del cabo, entre
otros.
La belleza se convertía a partir
de este punto en el núcleo de nuestra conversación: no el poder, tampoco la
aventura. Sus hazañas más notables, las de mi amigo, prefería argumentarlas entonces con un cierto
desdén, o una sutil dosis de tristeza, dando a entender que o bien nunca vivió tal cosa con tanta intensidad, o lo vivido no alcanzaba a interpretarlo
suficientemente. El amor y la soledad componían gran parte de los siguientes paréntesis.
Hablaba de ella, pero nunca habló
con ella. Si lo hizo en algún momento, no lo
recordaba. Lo que sí tenía grabado en la memoria (de eso no hay duda) era
algo que para él resultaba aún en cierto modo mágico.
Cuando estaba cerca (a veces la evocaba como un ser neutro, otras como un alma de fuera de este mundo) era como si de pronto
se pudiera respirar con mayor facilidad: digamos (decía) que entraba aire puro,
oxígeno, todo brillaba de un modo extrañamente anaranjado y uno llegaba a sentirse en la cima del mundo, o
por lo menos de la existencia.